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DEEP QUEST en recuerdo del Ingeniero Horacio José Baserga, un americano más, que falleció de cáncer.

Martes, diciembre 4, 2007

DEEP QUEST en recuerdo del Ingeniero Horacio José Baserga, un americano más, que falleció de cáncer.

♣   Pero este era mi tío.                Domingo, Diciembre 2, 2007.

Nacido en Buenos Aires, estudió como técnico en el Otto Krause e Ingeniería Aeronáutica en la Universidad Nacional de La Plata. Como tantos científicos y técnicos argentinos potencialmente frustrados en su país, emigró hacia quien los USA.

Quedó deslumbrado por las oportunidades que tenía a su disposición en ese país del norte de América. Se dio a conocer. Diversas empresas de renombre inicialmente lo disputaron.

Trabajó demostrando el intelecto argentino de que nuestros compatriotas hacen gala en cualquier lugar del mundo a donde van. Su preparación teórico práctica universitaria era magnífica. Combinada con el mejor colegio técnico de entonces.

Siempre nombraba a sus amigos argentinos, especialmente a Tito Laich. Hablaba de las frecuentes reuniones de amigos en LA BIELA. Recordaba añorando sus años jóvenes en su país, para él también muy querido.

En su etapa de mejor producción, desde la empresa donde trabajaba le permitían realizar los trabajos intelectuales creativos en su domicilio. Sus tareas eran estrictamente secretas, no podía hablar de ellas ni conmigo. No podía aceptar regalos, atenciones ni dinero, según estricto reglamento de la empresa. Se esmeraba mucho porque el sistema le exigía competencia y pese a su enorme capacidad demostrada, eso le provocaba persistente inseguridad laboral y estrés, del que se quejaba.

Ganaba muy bien, pero nunca pudo olvidar nuestro país, donde jamás hubiera podido hacer esa carrera. Por sus obligaciones hacía viajes con poca frecuencia, pero siempre estaba presente entre nosotros, hasta cuando nos enviaba algún regalo, para cada final de año, que no siempre podíamos retribuir.

Sus padres y yo estuvimos muy apenados de que se fuera a otro país, y luego fuimos resignados orgullosos de que triunfara en otras tierras, lejanas en todo sentido.

Era mi padrino. De chico yo le llamaba PARRO COCO. Practicaba esgrima cortando con el florete o su sable, las hojas de malvón de las macetas de la terraza, a lo que yo a los 3 años me oponía tenazmente.

Me deslumbraba su valentía y que me quisiera llevar a la terraza más alta de la casa de mis abuelos a verlo practicar. Hasta me prestaba un florete para practicar con él.

También me mostraba varios cuchillos que tenía, algunos de lanzar, su cachiporra cubierta de cuero, una puñera, y sus armas de fuego, con las que había transitado airoso en su primera juventud por la Argentina con las serias dificultades que tenemos aquí desde entonces, participando activamente liderando en organizaciones seudo políticas no gubernamentales.

Esas enseñanzas a tan temprana edad me sirvieron para intentar transitar difíciles caminos similares posteriormente, en un país para el que toda acción correctiva parece insuficiente.

Me enseñó a desarmar sus armas, armarlas sin mirar, cargarlas y cambiarles las balas. También a JAMÁS tocarlas sin su presencia o consentimiento previo, cosa que así enseñé de chicos a mis hijos con las mías, con las naturales dudas de mi señora pero lo aprendieron muy bien.

Me llevaba a dar vueltas en sus motos, deslumbrándome.

A veces me mostraba los motores o me llevaba en sus fabulosos convertibles: el blanco, el rojo y no me acuerdo qué otros autos con los que hacía negocios al comprarlos, arreglarlos y venderlos, y que parecían siempre flamantes, en los que se iba a” conquistar por la ciudad”: Recoleta, Palermo…

También me inculcó a ser lo que bien creo que él era: una buena persona.

No creía en las iglesias, a veces desconfiaba de las personas hasta que demostrasen su valor, no compraba lo que los políticos de todos los tiempos nos querían siempre vender.

Era muy inteligente. Tenía gran colección de libros de todas clases, desde los de estrategias de la segunda guerra mundial, hasta de reconocidos autores internacionales de filosofía.

Había estudiado y aprendido mucho de casi todo. Yo lo imité.

A veces parecía un sabelotodo, y a muchas personas eso de que pudiera opinar de tantos temas, hablando con autoridad y explicando detalles, le molestaba. Era crítico severo. Tenía pocos, pero muy buenos amigos, de esos que darían todo por uno en caso de necesidad.

Todo lo que tenía de grande lo había construido con su esfuerzo y dedicación. Ayudó mucho a su único hijo. En la primera etapa sus padres lo ayudaron en su formación, especialmente insistiendo hasta el cansancio para que terminara sus estudios y se recibiera, ya grande.

Hablaba un correctísimo inglés, muy bueno como técnico, pero con pronunciación a la argentina, como hicieron desde siempre aquí tantos tanos que jamás adoptaron totalmente el español.

Fue Ingeniero de elite en diversas áreas secretas de una gran empresa y ocasional representante de negocios de la Loockheed en Inglaterra. Defendió varios inventos de la compañía, y para venderlos debió adoptar la ciudadanía norteamericana, pero sintió que jamás traicionaba a su país: impuso su condición y jamás renunció a la ciudadanía argentina.

Uno de los inventos importantes era suyo: estábamos muy orgullosos. Era una parte esencial del submarino de investigaciones DEEP QUEST que en la época alcanzó las máximas profundidades del océano, gracias a su invento resistente usando la forma de esfera (burbuja).

Opinó que yo perdía el tiempo trabajando como voluntario en las diversas actividades no remuneradas que emprendí y en ciertas cruzadas solidarias, pero igual me quería, se acordaba bien de mí y yo de él con frecuencia, respeto y admiración.

Cuando decidió radicarse en EEUU se mudaba y quiso dejarme su Lugger de recuerdo, lo que para mí era un reconocimiento inmenso y seguramente inmerecido. Pero luego Beba le hizo comprender que era mejor reservarla para su hijo. Tenía razón. La intención es lo que siempre guardé como más valioso. E hice todo por haberlo merecido.

Siempre estaba con una pipa en la boca, estuviera prendida o no. Le encantaba el buen tabaco sólo para pipa y el bien vivir. Iba con frecuencia a los restaurantes más caros, donde comía lo mejor y dejaba suculentas propinas. Cuando venía a Buenos Aires yo no siempre lo acompañaba porque después no podía retribuir: sin ser dispendioso, con lo que él dejaba de propina yo comía toda la semana. Y eso que en la época yo tenía aquí “buenos ingresos”.

Su capacidad se vislumbraba desde joven: era un excelente esgrimista, tirador, piloto de aviones y corredor muy entendido en automovilismo. Por un mínimo ruido sabía con precisión qué le pasaba a cualquier auto, y daba indicaciones a los mecánicos para que lo arreglasen. Siempre se manejó con buenas marcas en su hermosísima casa de las colinas de California con garage para 2 autos: Ferrari o Porche. Los ciervos que allá andan sueltos, pastaban plácidamente en su jardín.

Como buen fotógrafo admitía la calidad de mis fotos sacadas con una Nikon, pero se complacía en pelearme: siempre decía que no se comparaban a las que él sacaba con su Leica. Tal vez yo lo deba reconocer ahora, finalmente. Había construido durante sus años de estudio en el secundario en Buenos Aires con sus propias manos y cálculos, un avión de traslado individual, tipo Pipper, en el aeródromo en Don Torcuato. Demás está explicar las insuperables dificultades para mantenerlo mientras estaba en el extranjero. Ojala esté hoy bien cuidado en un museo argentino que lo realce.

Cuando joven su padre le debió insistir mucho para que terminara sus estudios, mientras él se debatía entre su avión, los negocios y las minas de la noche porteña, entre las que tenía especial ascendiente, hasta que una excelente Beba Eiriz le puso el anillo, definitivamente. Y se recibió.

Su madre era mi abuela Ángela Corte, a la que llamamos Mita. Maestra de las de antes, muy exigente, fue una persona excelsa. Su padre Juan Miguel Baserga, al que llamamos Abibi, era un buen bancario, muy cumplidor. Con sus ahorros lograron sucesivamente, tener excelentes propiedades como una casita en la calle San Lorenzo; otra de dos pisos en la calle Olavaria 3261, en Mar del Plata, Playa Grande, entre Güemes y el Barrio Los Troncos, entre San Lorenzo y Roca, a 10 cuadras del mar, donde yo pasé felices años de mi niñez en vacaciones, pero que él disfrutaba sólo de vez en cuando en sus viajes. Siempre se acordaba de su casa materna de Miró 507, esquina Achábal, en el barrio de Caballito, con su jardín con una tortuga que comía bananas entre las plantas y una hermosa casa quinta estilo colonial con cancha de tenis que tuvieron de fin de semana en la calle Mariano Alegre, a dos cuadras de la estación Monte Grande.

Su hijo es el calco, una excelente persona, trabajador intelectual, ingeniero. Este sobrino y sus s. nietos siempre lo recordaremos con todo el cariño y un muy merecido respeto.

Un abrazo a Claudio, Tasio y Brandon. Recuerdos a Lisa. A todos mis sobrinos. No sé cuándo los volveré a ver.

Pablo Luis Caballero.

IN MEMORIAM. (2-12-2007) http://www.filatina.wordpress.com

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