Piedras en el camino ¿o piedras para poder caminar?

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 Piedras en el devenir
Camino de piedras 1
Durante 2016 he escrito cuatro notas diferentes para esta sección. Cuatro temas filosóficos que no dejan de ser preguntas comunes: la realidad, la identidad, la felicidad, dios. Ahora, pensando en la última nota del presente año, caí en la cuenta de que estas cuatro cuestiones tenían algo en común. Las conclusiones que en su momento extraje de cada una de ellas rondaban todas sobre el mismo tema: la humana necesidad de colocar piedras fijas en el devenir de la existencia.
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Siempre imaginé la realidad como un gran caos sin sentido. Como un conjunto de puntos, de esos que aparecen en los juegos de unir los puntos, sólo que sin los números que indican en qué orden deben unirse. Puntos que no se quedan quietos, mareándose en constante cambio. Pero que, como humanos que somos, no soportamos ese caos. Queremos encontrarle una explicación a todo, un sentido. Entonces comenzamos a buscar formas en la materia, orden en el caos. Creemos que lo descubrimos, pero en realidad lo inventamos. Lo único dado es el cambio, pero como no lo bancamos, lo solidificamos.
Atribuimos esas formas que creemos dadas a los más diversos orígenes: las ideas platónicas, las esencias de las cosas, los planes de dios, la naturaleza, la fuerza misma del cosmos. Kosmos, que significa orden. Para diferenciarnos del khaos, que significa caos.
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Así, como si esos puntos tuvieran números, los unimos, creando figuras que den sentido a la existencia. No está mal crear algún orden, porque de alguna manera hay que organizarnos: reglas, valores, modelos que guíen nuestra conducta. La comunidad necesita alguna brújula, un lenguaje común, una manera de comunicarse. El problema se da cuando suceden dos cosas:
1-Se cree que ese orden inventado es el único, verdadero, inmutable y sagrado: la verdad objetiva y absoluta;
2-Se impone (mediante la fuerza, la educación, la religión, la ciencia, el lenguaje, la filosofía…) ese orden a los demás.
Otra manera de entender la realidad es como un río que fluye de manera constante.
De alguna manera necesitamos cruzar ese río. Entonces ponemos piedras, las ubicamos estratégicamente, creamos un camino. Es sólo un camino posible, una interpretación, no significa que sea el verdadero. Pero sirve para cruzar, caminar, transitar.
¿Qué son esas piedras que ponemos? Los valores, las reglas, las instituciones, las ideas, el lenguaje.
camino en fuente de agua
La realidad, entonces, ese es conjunto de puntos cambiantes e inconexos, que el ser humano une mediante libres interpretaciones para darles un sentido. Es ese río que fluye constantemente, en el que el sujeto pone sus piedras para poder cruzarlo, pero que no es el único camino posible. Es un caos que disfrazamos de cosmos para poder organizarnos.
¿No es algo parecido lo que sucede con la identidad? ¿Quiénes somos? Una sucesión de pensamientos, sensaciones y sentimientos, percepciones, placeres y dolores, que se siguen de modo interrumpido, discontinuo. Nos damos cuenta de que existimos cuando pensamos, cuando sentimos, pero ninguna cadena de pensamientos ni de sensaciones es continua, sino que se ve cortada, intercalada, entre lapsus de sueños y olvidos.
La memoria tampoco es una fuente totalmente confiable y la mayoría de las veces (sino siempre) recordamos las cosas interpretándolas, más con las sensaciones que nos dejaron los hechos que con una versión objetiva de los mismos. Así, nuestra vida es una sucesión de acciones, elecciones y contingencias inconexas que nosotros hilamos intentando darle un sentido.
La identidad narrativa consiste en enumerar las cosas que nos fueron sucediendo (las interpretaciones subjetivas que guardamos en el gran mimo que es la memoria) y narrarlas dándoles una trama. Tomamos el modelo ficcional que nosotros mismos creamos para ficcionar también nuestra propia vida: somos los protagonistas de una narración que contiene un principio, un nudo y un desenlace. Damos un sentido universal a una serie de hechos particulares, contingentes, inconexos y manipulados por la percepción en primer lugar, y la memoria luego. Y entonces decimos: “yo soy esto”, una sustancia, algo dado, definido, una piedra en el río del devenir.
Aquí yace un nuevo peligro: volverse esencialista nos envuelve en cierto tipo de determinismo: yo actúo así porque soy así, y no puedo cambiar.
Prefiero pensar que somos un caos, una nada con la posibilidad de reinventarme a cada paso, a cada acción, a cada elección. Un proyecto siempre en cambio, con la inseguridad que esa libertad conlleva, me parece una idea más placentera que concebirme como un sujeto definido, dado, acabado, sin posibilidad de cambio.
¿Y qué es la felicidad, sino una nueva piedra, un nuevo modo de entender la vida y de darle sentido?
Ser feliz es… y ahí empiezan los mandatos.
La felicidad consiste en saber; la felicidad se halla en el placer; la felicidad se encuentra en el tener, en el hacer. La felicidad no existe. No existe como algo dado, que uno deba buscar y encontrar. No es algo que tengamos que descubrir, como una joya oculta que nos está esperando que, cuando la tengamos en nuestras manos, podamos decir: “soy feliz”.
El problema no está en el “feliz”, sino en el “soy”, como si fuera un modo de existir, una esencia, algo definitivo. Una nueva piedra en el río del devenir.
Yo no soy, yo estoy siendo. Corro, como el río. Y en ese estar siendo hay momentos en los cuales estoy siendo feliz.
No hay instantes felices, el feliz no es el instante, el feliz soy yo. Pero lo soy en ciertos instantes. Repito: decir “soy” es decir demasiado. Voy siendo.
Entonces, en esa sucesión discontinua de instantes que voy siendo, en algunos soy feliz.
Pero la felicidad entendida como el sentido de la vida es sólo una manera de darle un significado al todo, de unir los puntos de forma tal que me permitan decir al final de mi vida que tuve una vida feliz, como si catalogáramos nuestra vida en un género literario: comedia, tragedia.
Por último, si de dar sentido a la realidad y a mi vida se trata; si se quiere fundamentar la existencia, la moral y la felicidad, ¿qué mejor que hacerlo con el mejor de los fundamentos?
Esto es: Dios, la gran verdad absoluta, el gran mandamiento. La piedra más grande: con ella sola basta para cruzar el río. Tan grande, que no deja lugar a ninguna otra forma de pensar en cómo llegar a la otra orilla. Una verdad tan absoluta que no deja lugar a las interpretaciones.
Si nuestra vida es una serie de sucesos inconexos que intentamos darles sentido, y la felicidad se presenta como la meta que ilumina hacia atrás el camino, la realidad es ese conjunto de puntos que sólo adquiere su versión definitiva bajo el supuesto de Dios, cuya perfección es la finalidad absoluta que orienta y fundamenta a la vez toda la existencia.
Omnipotencia, omnisciencia, bondad suma, ¿qué más necesitamos para que el gran todo tenga sentido? La idea de un ser superior fundamenta a la vez toda la realidad universal y nuestras vidas particulares.
Algunos creen encontrar en el hecho de que en todas las civilizaciones conocidas se ha adorado alguna divinidad la prueba definitiva de que ésta existe. Yo creo que lo único que esto prueba es la gran necesidad humana de encontrarle un sentido a la existencia.
La libertad y la seguridad son incompatibles.
La libertad creadora, la imaginación, nos permite ir siempre más allá, inventar caminos, salidas, puentes. Jugar con las interpretaciones y múltiples versiones del todo y de uno mismo. Pero todo juego involucra un riesgo, que no todos tienen el valor de afrontar.
La seguridad, por otra parte, no nos da la libertad de hacer, de pensar, de elegir, pero nos da un refugio, algo de qué aferrarnos. Muchos prefieren ese techo, esa caverna calentita y cómoda a su manera, que nos regala todo masticado, dado, resuelto, hecho. Otros prefieren salir y arriesgarse, pensar, hacer y elegir.
Crear sus propias interpretaciones, unir los puntos a su manera, inventar una nueva forma de cruzar el río.
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Un río que cambia a cada instante, que ya no será el mismo con que comenzamos a vivir. P. L. C.
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