Lejos de casa y cerca también.

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Comentario a raíz de dos mujeres argentinas haciendo turismo en Ecuador que fueron atacadas por asesinos apovechadores violentos locales.

Basta de Trata de personas, esclavitud sexual o laboral.

La primera vez que sentí asco tendría no más de nueve o diez años. Un amigo de la familia -padre de dos niños- me abrazaba con énfasis cada vez que nos veíamos al canto de “qué linda estás”. Era apenas una nena, no me había desarrollado ni sabía que existían varones que pudieran abusar de niñas y adolescentes. Pero no podía quitarme la incomodidad que sentía cada vez que él me apretaba contra su cuerpo. A los doce mis compañeros de séptimo grado jugaban a tocarle la cola a las chicas. La remera adentro del pantalón “mostrando” la cola era una invitación, un puerta abierta a la picardía varonil. Una vez, a la que encasillaron como “mojigata”, la rodearon entre todos -siempre en más fácil en grupo- y la fueron encimando hasta tirarla al piso. Ella gritaba, las demás mirábamos paralizadas sin saber qué hacer, alguna hasta se habrá reído.

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