Ecuador, lo que parece incomprensible.

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04-01-2015
Ecuador: De cómo Rafael Correa se perdió la única revolución de nuestra historia reciente
Por Roberto Aguilar
Probablemente Rafael Correa no lo sabe porque no estuvo ahí. En 1991 él acababa de regresar de Europa y Estados Unidos, tras unos años de beca universitaria y se abría campo en el mundo profesional como burócrata del Banco Interamericano de Desarrollo, donde ocupaba alguna gerencia administrativa lejos de los movimientos sociales. Para entonces, al cabo de un proceso sorprendente, que Rafael Correa se perdió por andar en el extranjero y tras el levantamiento del año anterior, la Conaie había alcanzado un nivel de organización y representatividad sin precedentes para un movimiento indígena en América Latina y se había convertido en uno de los principales actores políticos del Ecuador. Su carácter auténticamente nacional, su enorme participación en la vida pública y su vasta agenda de asuntos que resolver con el Estado, como representante y vocera de 13 nacionalidades, hacían indispensable que el movimiento tuviera una sede en la capital. Cuando el presidente Rodrigo Borja le entregó en comodato el edificio de las avenidas Granados y 6 de Diciembre, fue un gesto de reconocimiento político del Estado a ese antagonista con el cual tenía que dialogar y negociar en tantos frentes. El contrato de comodato, seguramente redactado sobre un modelo básico, fue una mera formalidad. Lo importante era que el edificio pasaba a ser, a nadie le cupo la menor duda y nadie se escandalizó por ello, la sede política de la Conaie. Mucho la necesitaba y bien que se la merecía.
Parece un chiste que sea necesario recordar estas cosas. Y parece un chiste que un presidente de la República pretenda ahora expulsar a la Conaie de su sede porque “la ha usado para actividades políticas, de oposición al Gobierno”. ¿Qué otra cosa se supone que haga? La Conaie es un movimiento constituido para “impulsar la lucha por los derechos de los pueblos y nacionalidades”, y toda lucha por derechos es una lucha política que tiene como principal contradictor al Estado. ¿Cuál es ahora la novedad de que la Conaie haga oposición política y la haga desde su casa? ¿A quién puede llamarle la atención? Pregúntenle a Rodrigo Borja, que poco antes de entregar el edificio tuvo que lidiar con el levantamiento indígena más grande del siglo. No una huelga de policías inconformes con la ley de servicio público sino una verdadera y gigantesca movilización popular de protesta para exigir cambios de fondo, con manifestaciones violentas y carreteras bloqueadas en todo el territorio, ciudades incomunicadas y medio país paralizado durante semanas. A ese movimiento social que hizo tambalear a su gobierno Borja le entregó una casa, desde la cual se coordinaron y ejecutaron varios levantamientos posteriores sin que a nadie se le pasara por la cabeza que había que echarlo de ahí por eso.
¿Cómo reaccionaría Rafael Correa si tuviera que enfrentar un levantamiento indígena como el de junio del 90? Lo que nos ha demostrado ser (y estar dispuesto a hacer) a lo largo de estos años, no da para pensar lo mejor. Lo más seguro es que sería incapaz de resolver la crisis en términos democráticos, que fue como se resolvió en ese entonces. El levantamiento indígena del solsticio del año 90 y la actitud democrática con que fue asumido transformaron el país para siempre y para bien. Modificaron los términos del debate político, renovaron los paradigmas de organización social, abolieron fronteras internas vigentes desde hacía siglos y cambiaron la imagen que el Ecuador tenía de sí mismo, a tal punto que todos los procesos sociales y políticos posteriores que condujeron a la formación de Alianza PAIS y llevaron a Rafael Correa a la Presidencia de la República serían impensables sin el levantamiento del año 90. Que los pueblos indígenas se convirtieran en un actor político en toda regla en las puertas del emblemático Quinto Centenario fue, si se considera la historia y se contempla la larga duración, la mayor revolución que se ha operado en el país en mucho, mucho tiempo. El proceso fue refrendado en la Constitución de 1998 e hizo del Ecuador un país mejor, aunque las calamidades políticas y económicas que le siguieron nos impidan a veces darnos cuenta. La Conaie consiguió lo que el correísmo no se atreve ni a intentar o intenta muy mal: transformar el Ecuador desde adentro de las cabezas de los ecuatorianos.
Ante la dimensión de lo que está en juego, los argumentos jurídicos invocados por el correísmo para justificar el desalojo dan tanta grima que no merecen la menor atención. Simplemente no se puede tomar una decisión política de ese tamaño invocando un reglamento dictado por la Contraloría y una lectura puntillosa y sesgada de un contrato de comodato. La política no se hace con abogados sinuosos dedicados a buscar atajos y resquicios en la letra chica de las leyes. Eso es mezquino y revela una estrechez de alma que descorazona. La política requiere, por el contrario, de mucha generosidad y de cierta altura, atributos que no se hallan en el correísmo ni buscando con palito de romero.
Rafael Correa quiere que la Conaie no haga política, eso es todo. Y querer que la Conaie no haga política es no haber entendido nada. Este error de perspectiva proviene quizá de la única experiencia de contacto con el mundo indígena de su vida: el año que pasó en Zumbahua como voluntario en la misión de los padres salesianos. Más o menos como alistarse en el Cuerpo de Paz pero con Papa. Probablemente ahí está el origen de esa visión paternalista que concibe la relación entre el Estado y los pueblos indígenas como una cuestión de asistencia social y tutoría política. Lo dijo claramente en la sabatina número 403, donde habló casi media hora sobre el tema: si ya tienen carreteras, ya tienen escuelas, ya tienen hospitales porque el gobierno correísta se los ha dado, ¿de qué protestan? También el movimiento PAIS se lo dijo en carta abierta a Buenaventura de Sousa Santos: este Gobierno ha atendido las causas indígenas, ¿cómo es posible que sigan haciendo oposición? Como si las demandas sociales fueran una lista de compras. Una vez abastecida la despensa, ¿para qué ir al mercado? Una vez hecha la revolución, ¿para qué seguir haciendo política? “Yo sé –alardeó Correa en la sabatina– que (los indígenas) fueron víctimas de grandes injusticias, pero ese tiempo ya pasó, ahora tienen grandes oportunidades”. Vaya novedad: el problema indígena en el Ecuador ha sido definitivamente solucionado tras 500 años de palos al agua. ¡Y nadie se dio cuenta!
Mientras Rafael Correa estaba becado en Europa, era burócrata internacional y daba clases en la Universidad San Francisco, los movimientos sociales con la Conaie a la cabeza cambiaron el país. Gracias a ello él pudo ser Presidente. Pero en lugar de sentirse heredero de esas causas y deudor de esas luchas populares, se ve a sí mismo como su Mesías. Una vez llegado él, toda lucha debe cesar y todo movimiento disolverse para unirse a la única gran corriente de la historia que conduce al futuro luminoso. Sólo él representa esa corriente verdadera. Todo lo que está por fuera, como dijo en la sabatina para aplicárselo a la Conaie, “va contra la corriente histórica” de la cual él es alfa y omega. Ahora la Conaie ya no tiene derecho a reunirse con quien quiera, no tiene derecho a pactar y hacer acuerdos, no tiene derecho a protestar ni a quejarse, no tiene derecho a hacer política y a equivocarse porque la Conaie, lo dijo dos veces, “no representa a nadie”. Ahora el único que representa a los pueblos indígenas es él, el Mesías. Mucha vanidad. Mucha ignorancia. Mucha falta de respeto.-
Roberto Aguilar es un conocido periodista ecuatoriano.

Enviado por: osvaldo buscaya <obuscaya@yahoo.com.ar>

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