Archive for 25/06/12

Las imágenes de la muerte de Darío Santillán (19 años). Asesinado en Avellaneda, Buenos Aires, en 2002, por “la policía”, bajo el gobierno de Duhalde, responsable aun no imputado por la justicia..

Lunes, junio 25, 2012

De Wikipedia: Se denomina Masacre de Avellaneda al suceso que tuvo lugar el 26 de junio de 2002 en las inmediaciones de la estación ferroviaria de la ciudad de Avellaneda, en el Gran Buenos Aires de Argentina.

El gobierno nacional ordenó la represión de una manifestación de grupos piqueteros y en la persecución y posterior movilización fueron asesinados por efectivos de la Policía de la Provincia de Buenos Aireslos jóvenes activistas Maximiliano Kosteki y Darío Santillán pertenecientes al Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de Guernica y de Lanús, respectivamente, nucleados en la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón. Además se registraron 33 heridos por balas de plomo entre los manifestantes.

LOS RESPONSABLES POLITICOS DEL CRIMEN SIGUEN IMPUNES

Buenos Aires, 25 de junio (Télam).- El asesinato de los militantes sociales Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, del que mañana se cumplen diez años, fue cometido al amparo de un montaje político y mediático sobre el que abundan las evidencias.

Los dos jóvenes fueron asesinados el 26 de junio de 2002, durante la represión a una protesta de organizaciones piqueteras en las inmediaciones del Puente Pueyrredón, en Avellaneda, donde al menos otros treinta manifestantes sufrieron heridas de bala.
Los policías bonaerenses Alfredo Franchiotti y Alejandro Acosta fueron condenados en diciembre de 2005 a penas de prisión perpetua, como autores materiales del crimen, pero siguen impunes los responsables políticos que ordenaron la brutal represión.
Santillán (21 años) militaba desde 2000 en el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de Lanús y Kosteki (23) se había sumado hacía pocas semanas al MTD de Guernica, en el sur del Gran Buenos Aires.
Una cámara filmó cuando policías bonaerenses disparaban sobre ellos en la estación Avellaneda del ferrocarril Roca y una secuencia fotográfica mostró el instante anterior y el posterior a que Franchiotti baleara por la espalda a Santillán.
Pese a contar con esas fotografías, los grandes medios se tomaron 48 horas para publicarlas y un día después de los asesinatos el diario Clarín tituló en tapa: “La crisis causó dos nuevas muertes”.
Apenas consumado el doble crimen, por su parte, funcionarios del gobierno del presidente Eduardo Duhalde pretendieron adjudicar las muertes a un supuesto enfrentamiento entre piqueteros.
En los días previos, los mismos medios de prensa habían amplificado declaraciones de funcionarios gubernamentales que prometían reprimir con “mano dura” a los manifestantes, si intentaban cortar el Puente Pueyrredón, y denunciaban un supuesto “complot” de “piqueteros sediciosos”.
Todo este montaje político y mediático se derrumbó con el material fílmico, fotográfico y las declaraciones de testigos presenciales de la represión a los manifestantes y el asesinato de Kosteki y Santillán.
La indignación en la sociedad y el descrédito gubernamental decidieron pronto a Duhalde a adelantar seis meses el llamado a elecciones presidenciales.
Diez años después, agrupaciones sociales y políticas recordarán mañana los asesinatos de Kosteki y Santillán con una jornada de actividades culturales sobre la avenida Hipólito Yrigoyen, frente a la estación de trenes de Avellaneda.
Familiares y compañeros denunciarán además el traslado a cárceles de régimen abierto del ex comisario Franchiotti y el ex cabo Acosta, y reclamarán el avance del juicio sobre los responsables políticos de la Masacre de Avellaneda. (Télam).

18/06/2006. Con Darío y Maxi.

Miren estas fotos. Deténganse en los detalles. ¿Cómo se pueden registrar los valores por los que vale la pena vivir?. Ahí lo tienen a Darío. Un fotógrafo recuerda que “hacía ruido” cuando lo descubría en un encuadre. El fotógrafo encontraba una escena, buscaba el momento y cuando estaba por apretar el gatillo de la cámara, la imagen de Darío, de Darío vivo, lo hacía titubear. Primero pensó que era porque lo conocía: Darío siempre hablaba con los fotógrafos que acompañaban los piquetes. Ahora sabe que no. La de Darío era la imagen de la gente que sabe vivir sin medias tintas. Por eso brillaba tanto.  La fotografía quedó en la historia del presente como un elemento central en la Masacre de Avellaneda. La imagen de Darío y Maxi en la estación y la secuencia de los asesinos al acecho, cumplieron una de las máximas del periodismo esbozadas por Rodolfo Walsh: dar testimonio en los momentos difíciles.
Esta fotogalería incluye parte de ese material, junto al de una decena de fotógrafos que trabajamos antes, durante y sobre la represión del 26 de Junio del 2002. Se trata de una selección de imágenes que será expuesta en la propia estación de trenes rebautizada Darío y Maxi.
El resultado es esta serie donde los detalles del gorro y la campera de Darío, los rostros tapados, los brazos en alto- se repiten para ampliar la visión de la escena de la estación. Ya no se trata sólo de alguien que está cara a cara con sus asesinos. Estamos frente a hombres y mujeres que trabajan, que se organizan, que se detienen a ayudar a sus compañeros en medio del peligro y que se muestran dispuestos a dejar su vida por ellos. Las fotos acompañan y participan de ese proceso. Se corren del lugar de observador pasivo y laten junto a la realidad que registran. Se mezclan con los protagonistas para contar una historia sencilla y profunda. Muestran la imagen del héroe colectivo.


Corte de ruta en Autopista Buenos Aires La Plata. Enero del 2002.


Corte del puente Pueyrredon. 5 de junio del 2002.


Darío Santillán trabajando en la bloquera del MTD. Barrio La Fe – Lanús. 19 de junio del 2002.


Darío Santillán. Enero de 2002.


Puente Pueyrredón. Comienza la represión. 26 de junio del 2002.


Durante la represión del 26 de junio Darío asiste a un compañero herido.


26 de junio del 2002. Darío y Maxi.


Estación Avellaneda. Darío y otro compañero auxilian a Maximiliano Kosteki.


El comisario Fanchiotti, jefe de la patota asesina, entra a la estación Avellaneda.


Hall de la estación Avellaneda. Maxi agonizando y el principal Quevedo sonriente.


Estación Avellaneda.


Herido en la represión . Avellaneda. 26 de junio del 2002.


Detenido por policías bonaerenses durante la represión en Avellaneda. 26 de junio del 2002.


Represión en Plaza Congreso. 26 de junio del 2002.


Corte en el puente Puerredón a los 5 meses del asesinato de Darío y Maxi. 26 de noviembre de 2002.


Puente Pueyrredon. Año 2003.


Puente Pueyrredon. 1er. aniversario de la masacre. 26 de junio del 2003.


Puente Puerreydón. 3er. aniversario de la masacre. 26 de junio de 2004.


2do. aniversario de la masacre de Avellaneda. 26 de junio de 2004.


Escrache a Secretaría de Derechos Humanos. 26 de enero del 2005.


3er. aniversario de la masacre en el Puente Pueyrredón. 26 de junio de 2005.


Acampe frente a los Tribunales de Lomas de Zamora. 26 de mayo de 2005.


En la autopista rumbo a Plaza de Mayo. 2do. aniversario de la masacre. 26 de junio de 2004.


3er. aniversario en el Puente Pueyrredon. 26 junio del 2005.


Vigilia en las afueras de los tribunales de Lomas de Zamora. 8 de enero de 2006.


Esperando el veredicto del juicio afuera de los Tribunales de Lomas de Zamora. 9 de enero de 2006.


Escrache a Duhalde en Lomas de Zamora. 9 de enero del 2006.


Festejos por la condena a los asesinos materiales de Darío y Maxi. 9 de enero del 2006.


Debajo del Puente Pueyrredón. 26 de mayo del 2005.

Fuente: PRENSA DE FRENTE. http://www.prensadefrente.org/pdfb2/index.php/fot/2006/06/18/p1676

Fotografías de Argentina Photo: Nicolas Pousthomis, Juan Vera, Olmo Calvo Rodriguez, Giovanny Garrido, Argeo Ameztoy, Pablo Ferraro, Gaby García, Alejandra Giusti, Sebastián Hacher, Alejandro Kowalewski, Andrés Lofiego, Pepe Mateos, Javier del Olmo, Prensa de Frente: Luis María Herr, Rulo, Nico Solo, Marcos Solano, Carla Thompson.

Publicación Clarín.com  »  Edición Viernes 28.06.2002  »  Política  »
OTRA VEZ LA VIOLENCIA / EXCLUSIVO: DOCUMENTO FOTOGRAFICO EXCEPCIONAL
Las imágenes de la muerte del piquetero Santillán. Un fotógrafo de Clarín registró los instantes finales de uno de los dos piqueteros muertos en los hechos de Avellaneda. Cuando asistía a la otra víctima fatal, fue sorprendido por una patrulla policial a cargo del comisario Franchiotti.

En medio de corridas, persecuciones y detonaciones, y arrinconado contra una pared de la estación Avellaneda, el fotógrafo de Clarín Pepe Mateos logró el miércoles un documento fotográfico excepcional: la secuencia que muestra los instantes finales de la vida del piquetero Darío Santillán, el militante de Lanús de la Coordinadora Aníbal Verón.

Allí se ve a Santillán hincado, cuando intentaba auxiliar al otro muerto, Maximiliano Kosteki, que estaba tirado en el hall de entrada. Primero lo hizo en medio de una pequeña multitud; después quedó casi solo: fue en el instante en que entró desde la calle el jefe del operativo policial, comisario inspector Alfredo Franchiotti, escopeta en mano y apuntando, al frente de un grupo de agentes. Varias figuras en movimiento quedaron atrapadas en la lente: van a perpetuar la velocidad de ráfaga de la estampida generalizada.

Las fotos siguientes testimonian el lugar exacto donde Santillán cayó herido de muerte —junto a una columna, en un patio interno que comunica con los andenes en altura— y el modo en que fue arrastradopor dos agentes desde allí hasta la vereda exterior, una decena de metros, mientras se iba desangrando por el impacto que le perforó la cintura, por detrás.

La foto final muestra al comisario Franchiotti cuando constata que Santillán está inerte, al lado de un quiosco cerrado y en plena vereda sobre la avenida Pavón. El oficial todavía empuña su arma larga.

Esta serie no es una prueba fotográfica del instante del tiro mortal: no se ve cuándo ni quién le disparó al piquetero. Pero sí es una prueba irrefutable de que la muerte de Santillán ocurrió a escasos metros del comisario Franchiotti, posiblemente en su presencia, dentro de un lugar relativamente pequeño y cerrado, al que ingresó armado y a paso nervioso, al mando de un grupo de agentes que también empuñaban armas largas, y que claramente llegaron allí en búsqueda o en persecución de manifestantes. En una de las imágenes, incluso, el comisario dialoga con otro oficial armado, a un par de metros de Santillán, que acaba de ser baleado y está caído, inmóvil y aún vivo.

También es un testimonio de que, cuando ingresó la patrulla policial al lugar, Santillán estaba en una actitud de apoyo a otro manifestante—Kosteki— a quien no se le acercó policía alguno en ningún momento de la secuencia que captó Mateos. Al mismo tiempo, demostraría que, para no ser atrapado por la Policía, Santillán habría salido corriendo hacia la izquierda de las primeras imágenes, en dirección del patio donde luego cayó herido de muerte.

Las fotografías que Clarín publicó en su edición de ayer fueron algunos de los elementos que llevaron al gobernador de Buenos Aires, Felipe Solá, a disponer el pase a disponibilidad de Franchiotti. Y esta serie que se publica hoy seguramente aportará nuevos elementos de valor para la investigación. El comisario y los demás agentes policiales involucrados deberán ahora explicar el hecho ante la Justicia.

24-06-2012. Puntos de Vista |PUNTOS DE VISTA: “Lo de Franchiotti es una provocación”

A diez años de la Masacre de Avellaneda, el periodista Mariano Pacheco, ex compañero de militancia de Darío Santillán, recuerda los hechos del 26 de junio de 2002.
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Por PAULA BISTAGNINO. Buenos Aires > El 26 de junio de 2002 agentes de la Policía bonaerense, con órdenes de impedir el corte de los accesos a la Capital Federal anunciados por el movimiento piquetero, asesinaron a Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en la estación Avellaneda. Los dos jóvenes no se conocían, pero ese día estaban marchando juntos en demanda de trabajo y dignidad, en lo que fue la mayor movilización después del 19 y 20 de diciembre de 2001. Maxi fue el primero en caer herido por las balas policiales en el interior de la estación y Darío fue a socorrerlo: su imagen levantando la mano derecha para que no disparen más, mientras con la izquierda intentaba calmar la agonía de un compañero que ni siquiera sabía cómo se llamaba, quedó registrada en las fotos y grabaciones de la prensa y se convirtió en el símbolo de la Masacre de Avellaneda, de la que el próximo martes se cumplen diez años. El hecho obligó al ex presidente Eduardo Duhalde a llamar a elecciones anticipadas y terminó con la condena a cadena perpetua del ex comisario Alfredo Franchiotti, responsable del operativo, y su chofer, el cabo Alejandro Acosta. Sin embargo, la semana pasada salió a la luz que la Justicia le dio a Franchiotti el privilegio de ser trasladado a un penal con régimen abierto en Baradero. “Todo aniversario es un momento difícil. Y que en una fecha tan fuerte el responsable de las muertes, uno de los pocos condenados en democracia por este tipo de crímenes que casi siempre quedan impunes, reciba este beneficio es una provocación que no vamos a dejar pasar. Por eso vamos a seguir con la movilización y el escrache, que son nuestras herramientas. Porque cuando un crimen así queda solamente enredado en un vericueto legal, lo que reina es la impunidad”, dice Mariano Pacheco (31), ex compañero de militancia de Darío, integrante del Frente Popular creado en 2004 que lleva su nombre, y periodista, coautor del recién publicado libro “Darío Santillán, el militante que puso el cuerpo” (Editorial Planeta).

¿Cómo recuerda aquel 26 de junio de 2002?
Recuerdo el clima previo de mucha tensión por las declaraciones y amenazas que hacían altos funcionarios del Gobierno respecto de que no iban a permitir que se corten los accesos a la Capital (Nota: el propio presidente Eduardo Duhalde, el secretario general de la Presidencia Aníbal Fernández y el secretario de Seguridad Interior Juan José Álvarez habían hecho declaraciones en los días previos). También recuerdo mucho el frío, porque era algo que definía las condiciones en que vivíamos entonces y en las que desarrollábamos nuestra actividad. Y lo más marcado era la predisposición de todos a no retroceder y enfrentar lo que se venía a pesar de la gran incertidumbre de qué era lo que iba a pasar

¿Qué los impulsaba a esa decisión?
Nosotros veníamos de un ciclo ascendente de luchas populares que había comenzado a mediados de los ’90 y que se había profundizado y encontrado un camino después de las puebladas de Cutral Co. Ese grito llegó a todo el país y en el sur del Gran Buenos Aires de manera especial. Además, veníamos del 19 y 20 de diciembre, que había sido seis meses antes y que no sólo había sido la explosión de todo lo que veníamos construyendo en esos años, sino que además se había agregado una novedad política que era que otros sectores de la sociedad se sumaran a la protesta. Quizá por inexperiencia o por juventud, nosotros evaluamos mal el cuadro de situación. Creímos que un gobierno inestable como el de Duhalde, sobre todo después de la salida de (Fernando) De la Rúa, no se iba a animar a reprimir por el costo político que eso podía tener. La realidad es que nos equivocamos… Duhalde había decidido estabilizar el país en los términos en los que el Partido Justicialista entiende la normalidad política: había empezado un proceso de amenazas, de aprietes y de golpizas que no sólo eran al movimiento piquetero, sino que también se había metido con sectores medios nucleados en las asambleas barriales.

¿Duhalde entendió que aquella consigna de “piquete y cacerola, la lucha es una sola” era demasiado peligrosa?
Sin duda. Estaba dispuesto a frenar la protesta porque veía que no sólo venía en movimiento ascendente en los sectores más precarizados, sino en las clases medias y había cobrado un gran impulso por la confluencia de sectores que históricamente mantenían reclamos distintos: maestros, trabajadores estatales, movimiento piquetero, asambleístas. Había algo ahí que no se encuadraba en la política tradicional de partidos y sindicatos y que, de alguna manera, había que frenarlo. Y evidentemente estaba dispuesto a reprimir, y matar, para evitar que siguiera creciendo.

¿Cuánta responsabilidad política y cuánto del gatillo fácil de aquella “maldita policía bonaerense” hubo en las muertes de Maxi y Darío?
Creo que hay una confluencia, pero si hay que poner una jerarquía, no tengo dudas de que la responsabilidad fue claramente política. Nosotros salimos a decirlo al día siguiente y luego, al año, lo denunciamos con una investigación profunda que demostró que hubo órdenes del Gobierno, llamados entre la SIDE y el comisario Franchiotti, y una actitud organizada de la Policía de recolectar los casquillos de las balas de plomo que iban disparando. Es evidente que cuando vos le das la orden a la Policía bonaerense de que reprima, abrís una caja de Pandora, y entonces ahí ya tenés una responsabilidad ineludible. Pero además pudimos ir comprobando que estaba la decisión política de reprimir y de cubrir esos crímenes. Hay que recordar que la primera versión oficial tejida por los altos funcionarios del Gobierno, las autoridades policiales y los grandes medios de comunicación, con Clarín a la cabeza diciendo “la crisis causó dos nuevas muertes y luego entre todos reproduciendo la versión de un enfrentamiento interno entre dos sectores de piqueteros duros, tuvo mucho apoyo. Después con las fotos y las filmaciones eso quedó descartado y se desnudó la complicidad armada.

En el prólogo del libro, Hernán López Echagüe dice que la frase que se le atribuye a Franchiotti antes de “salir a la caza” en el Puente Pueyrredón es: “A estos negros hay que matarlos a todos”. Era lo que seguramente “se dijeron miles de ciudadanos honorables en tanto miraban la tele” ese día.
Yo creo que hay un núcleo irreductible de la sociedad argentina que tiende a tener posturas casi fascistas. Si no, no se explica la cantidad de años que duró la dictadura. Pero también creo que hay que desidealizar a las clases populares en el sentido de creer que hay en ellas una bondad esencial. Y entender que hay relaciones objetivas de clase y, dentro de eso, todo un universo simbólico que hace que buena parte de la sociedad se identifique con esas posturas. Porque el rechazo en 2002 a los piquetes, los cortes de ruta y la protesta social permanente no fue sólo algo de las clases medias. Nosotros también podíamos verlo en las barriadas de sectores obreros.

¿Qué influencia tuvo la Masacre de Avellaneda en lo que vino después?
Más que el 26 de junio creo que lo que generó el corte fue la movilización de repudio a la masacre de Avellaneda que se hizo el 3 de julio de 2002, una semana después. Esa reacción de la sociedad significó el fin de las experiencias que habían llevado a 2001 y también un límite a lo que podía ser una salida autoritaria y abiertamente represiva por parte de un gobierno democrático. Creo que no podemos comprender todo lo que vino después si no entendemos lo que implicaron esas muertes para la subjetividad de los argentinos, que tiene que ver con poder entender que un gobierno que quisiera durar y permanecer con legitimidad no podía tener una postura de represión abierta, y que tenía que tener posiciones más progresistas. Y eso es lo que inteligentemente pudo leer un sector de la clase política para gobernar hasta el día de hoy, poniendo en caja todas esas experiencias políticas que rápidamente van a ser encuadradas mayoritariamente en las lógicas tradicionales de la política.

Si bien todas las personas que estaban en el puente Pueyrredón hace diez años podrían haber sido víctimas y tendrían una historia única y fuerte, queda la sensación de que no mataron a cualquiera. ¿Por qué Darío Santillán se convirtió en un símbolo?
Si bien nosotros no hablábamos de dirigentes porque queríamos desjerarquizar la política, también decíamos que había compañeros que se destacaban como referentes, por su capacidad de hablar, por su intervención, su compromiso cotidiano, por los valores que pregonaban. Darío era uno de esos compañeros que en vida tenía un comportamiento militante muy intenso, superior al de la media. Aun siendo un chico muy joven, porque tenía 19 años cuando empezó con esta dinámica de cortar rutas, de hablar ante cientos de personas, ante los medios y negociar con funcionarios. Y creo que el último gesto de su vida, junto a Maxi, expresa en gran medida ese comportamiento. No fue una excepción ni una casualidad que él haya quedado ahí, sino que esa actitud fue coherente con lo que fue su vida. Nosotros siempre decimos que tenemos que evitar que se transforme en una especie de superhéroe o en un fetiche; en algo tan abstracto que todos dejan de verlo como lo que fue. Vicente Zito Lema tiene una frase muy linda que dicen que Darío expresaba su época, y yo estoy de acuerdo: Darío sintetiza los valores de esa juventud que quería pujar por un cambio, inventar algo, cambiar todo. Algo de eso explica que su figura se haya convertido en lo que es hoy, cuando sabemos que su muerte no fue una excepción y que en los casi 30 años de democracia la represión de las protestas sociales acumula más de 50 muertes similares.

Publicado en Clarín el DÍA 29.

Seis imágenes de gran poder incriminatorio.

Si los fotógrafos no hubieran sido testigos y captaran con sus máquinas la represión que terminó con la muerte de uno de los piqueteros, el hecho habría quedado posiblemente impune y entonces seguiría en pie la mentira del jefe del operativo al gobernador Solá cuando le juró que llevaba balas de goma y, al llegar a la estación, Santillán le decía que estaba herido. Aquí las fotos más elocuentes, recogidas de los tres diarios que las publicaron.

Santillán, de rodillas y con gorro, socorre a Costequi. Ningún policía aún. Irrumpen los uniformados. El comisario apunta a los piqueteros con su Itaka.
Un policía apunta a Santillán, a milésimas de segundo de caer herido. Al lado de Santillán, inerte, la prueba decisiva: una bala de plomo.
El policía que trasladó el cuerpo de Costequi, y una mueca dudosa. El propio comisario maniobra el cuerpo de Santillán, afuera de la estación.

La abrumadora evidencia fotográfica y fílmica de lo que pasó dentro y fuera de la estación de trenes de Avellaneda no deja dudas sobre la responsabilidad del grupo de policías al mando del comisario inspector Alfredo Franchiotti en el fusilamiento de al menos uno de los piqueteros: Darío Santillán, de 21 años.
Es fundamental contar con la suma de los tres reportes gráficos “Clarín”, “La Nación” e Infosic, más un video, para configurarse una idea muy aproximada de lo que pasó a las 12.40 del fatídico miércoles.
A esa hora, Maximiliano Costequi, de 25 años, había sido llevado, herido de muerte, hasta el hall de la estación por sus compañeros. Santillán estaba inclinado sobre él, tratando de reconfortarlo mientras pedía a gritos una ambulancia y que no disparen, cuando irrumpió la policía. La foto (1) determina que Santillán estaba vivo y aún no había sido herido. Cuando intenta pararse y salir al patio ubicado a la izquierda de la estación, Santillán recibe a sangre fría un disparo en la espalda.
Las dos imágenes más elocuentes son las de “Clarín” (del fotógrafo Pepe Mateos que años atrás se desempeñó en “Río Negro”) y la que publica “Página 12” ayer en tapa (de Infosic).
La primera muestra al comisario Franchiotti apuntando, tal vez disparando su Itaka, pero en la toma no se ve que lo haga directamente al cuerpo de Santillán (foto 2). La toma de Infosic refleja el preciso momento en que Santillán, incorporado ya, da una vuelta para escapar y su perfil casi coincide el línea con otro policía que le apunta con otra Itaka (foto 3).
Probablemente ése sea el momento del disparo, salvo que otro policía en una posición similar y que la cámara no capta haya sido el autor del disparo mortal.
“Entran a los tiros con una escopeta Itaka y le disparan por la espalda a Santillán, a unos cinco metros” de distancia, relató el fotógrafo Kowalewski.
Santillán gravemente herido, agoniza mientras el comisario y el oficial principal Carlos Quevedo dialogan para ver qué hacen (foto 4).
La toma de “Clarín” contiene la evidencia incontrastable de que no se han usado proyectiles de goma: una cápsula servida roja, de perdigones de plomo se ve junto a Santillán. Un policía parado al lado con un arma en la mano lo mira.
Mientras se desangra, Santillán es llevado arrastrado al exterior del hall por dos policías, previo ser palpado.
Una vez afuera, el propio comisario Franchiotti toca su carótida para testear su pulso. Yacía tirado sobre una vereda de la avenida Hipólito Yrigoyen (ex Pavón), a un costado de un kiosco de diarios (foto 6).
“Página 12” también muestra cómo un uniformado arrastra el cuerpo de Costequi, aparentemente ya sin vida.
A ese mismo policía se lo ve agachado junto al cuerpo con una “amplia sonrisa” -según expone el periódico- aunque también podría ser otra mueca (foto 5).
Una filmación de canal 7 exhibiría directamente la forma en que un policía dispara a la espalda de Santillán, y luego cuando lo arrastran, mientras el joven piquetero agoniza y muere.
Los testigos presenciales del hecho dieron declaraciones abrumadoras: “Lo fusiló la policía”, dijo uno de ellos, que confesó sentir pánico a las represalias.
¿Quién pudo ser el tirador?

Los relatos de los fotógrafos, camarógrafos y testigos reconstruirán los eternos 30 segundos exactos que hubo desde la irrupción de los policías al mando de Franchiotti en la estación hasta el traslado de Darío Santillán malherido hacia fuera del hall.
Y muy posiblemente, puedan determinar quién fue el autor del disparo que le costó la vida al piquetero.
Ya hay fuertes sospechas. Haciendo la salvedad de que hay que ser sumamente meticulosos en el análisis de las tomas, los testimonios parecen conducir a un agente de pantalón celeste y botas que podría ser el que está a la derecha del comisario que apunta con su arma, en la foto donde se ve al piquetero Santillán a punto de incorporarse (foto 2).
Hay dudas de si es el mismo que luego se correría a la izquierda para apuntarle a Santillán, cuando se dispone a correr (foto 3).
Al cierre de esta edición, se procedía a la detención de ese uniformado.
Con él ya son tres los policías aprehendidos y uno con pedido de arresto: el comisario mayor Franchiotti, el oficial principal Carlos Jesús Quevedo y el suboficial Alejandro Acosta. El cabo primero Lorenzo Colman no lograba ser ubicado.

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