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Malvinas: sorpresa y media:

Islas Malvinas
01/03 – 12:00 – La aparición de una plataforma petrolera británica en el atlántico sur causó estupor en el gobierno nacional y en prácticamente todos los legisladores. La cuestión es tan simple como difícil de resolver. Mientras Argentina defiende la soberanía en una mesa, los ingleses la practican en el mar. ¿Nadie sabía que venían por el petróleo?, parece que no. Uno de los motivos del atropello que sufrimos es la falta de respeto ante un país que, como el nuestro, está falto de respuesta, no solo política y diplomática, sino militar.

Hace mucho tiempo un viejo catedrático con quien nos habíamos sentado a compartir un café en un clásico bar de Buenos Aires, después de retirar de su boca el pocillo de gruesa porcelana blanca, redondeó algunas disquisiciones que se habían planteado en la mesa con respecto al conflicto del atlántico sur, que por aquellos momentos aún estaba latente en el espíritu de muchos argentinos; ¿Por qué se creen que Gran Bretaña peleó por las Malvinas?, fue la pregunta que nos tiró mientras nos miraba por encima de sus bifocales.

Allí nos dimos cuenta que quienes analizaban el conflicto de las islas, alejados de nacionalismos solo declamativos, tenían una mirada más objetiva y sincera de los verdaderos motivos por los cuales un país del primer mundo movía su flota 14 mil kilómetros, para disputarle un pedazo de turba a otro país de confín y encima, tercermundista.

El petróleo debajo del mar es un viejo tesoro que Inglaterra guardó para sí, pero que nunca se vio en la necesidad de poseerlo, primero porque eran reservas a largo plazo y después porque de parte de Argentina nunca hubo interés en las riquezas naturales sumergidas, los reclamos siempre estuvieron girando en torno a la “soberanía” en términos políticos, no económico, vocablo tan discutible y elástico como las negociaciones que se prolongaron más de cien años.

Sin embargo, cuando al alcoholizado Galtieri se le ocurrió fundar una gesta inaudita, los británicos reaccionaron como debían hacerlo, pero sin ninguna motivación fundada en principios de territorialidad o nacionalismos baratos, inclusive los Kelpers y su autodeterminación fue una excusa que le vino como anillo al dedo a la dama de hierro, pero, muy interiormente, poco le importó a Inglaterra la opinión que tuvieran los 3.000 ovejeros residente, para resolver sus acciones de defensa perfectamente planificadas.

Sin embargo los sucesivos gobiernos nacionales parece que nunca consideraron como cierta la posibilidad de que Gran Bretaña se interesara por el petróleo y que recién despiertan a la realidad, cuando se enteran que una plataforma off shore comenzó a agujerear nuestra plataforma marítima. Recién ahí el sector político y el gobierno actual comienzan a fruncir el ceño, llenan los micrófonos con todo tipo de bravuconadas y discursos estériles y una vez más, como si la historia no nos hubiese demostrado cómo va a ser el final del cuento, le piden a EEUU, socio de Gran Bretaña en la explotación petrolera en los mares del sur, que interceda a favor de nuestro país.

Algunos voceros del gobierno no dudaron en calificar a nuestra diplomacia como “impecable”, sin embargo, a juzgar por los resultados, no lo ha sido tanto a lo largo de estos últimos 30 años. Creer que Gran Bretaña discutía la pertenencia de estas tierras de confín, solo para defender sus argumentos históricos, es de una inocencia imperdonable. Cualquier analista político sabe que el petróleo y el agua son hoy los elementos más buscados en el mundo porque son los que permiten que funcionen las máquinas y la vida. Hoy están viniendo por ellos y lo grave de todo esto, es el tiempo que ha desperdiciado el país en conjeturas, reclamos y quejas inconducentes, debido, precisamente, a la falta de una política de Estado en materia de soberanía, con objetivos claros y una actitud invariable ante los organismos internacionales, independientemente si el país es gobernado por Radicales o Peronistas. Nada de esto pasó, hoy las consecuencias se materializan y nos crea una sola sensación: impotencia.

Admirable, eso si, la actitud de los países sudamericanos en esta oportunidad, aunque me guardo la reserva por la posición final de Chile y Brasil en caso de que la guerra diplomática obligue a los países de la región, confrontar con los intereses de Gran Bretaña y Estados Unidos aliados comerciales y políticos de nuestros vecinos.

A la Argentina no le queda nada que hacer, simplemente plantar la queja en todos los organismos internacionales, batir el parche de la solidaridad sudamericana (ni siquiera americana) y esbozar amenazas veladas a un país que ya vivió las consecuencias de decisiones trasnochadas y no escatima esfuerzos para asegurar lo que quiere defender a cualquier precio, el petróleo y su salida antártica.

Mientras tanto desde Alfonsín hasta acá, cada gobierno ha colaborado para diezmar sistemáticamente las Fuerzas Armadas nacionales. Y de ninguna manera alguien trabajó para reconvertirlas o hacerlas eficientes, rápidas, profesionales y disuasoras; la institución como tal ha sido reducida a la mínima expresión, transformada en un nicho del culto vengativo setentista, sin ningún tipo de sentido práctico si no es el de destruirlas para no generar ni siquiera un placebo en su lugar.

Hace 30 años que no se invierte en armamento, en desarrollo técnico, científico ni material. Se ha usufructuado su estructura para los negocios personales y partidarios, como Fabricaciones Militares, Citefa y diversas industrias estratégicas o se han cerrado centros de desarrollos de gran importancia como el que destruyó Menem en Falda del Carmen y abortados proyectos de gran magnitud en desarrollo misilístico, aviónica y aparatos de instrucción y combate.

La Armada Argentina no sirve. Puerto Belgrano se ha transformado en un enrome museo de lo que fue la Marina y han comenzado a venderse las tierras que ya no cumplen ninguna utilidad, alentados por jugosos negocios inmobiliarios que cuatro vivos (con cómplices del Estado) aprovechan; se cerró Punta Indio. El viejo orgullo de los Talleres Aeronavales Centrales Comandante Espora de Bahía Blanca ya no existe, sus instalaciones fueron vaciadas, los instrumentos de última generación y las maquinarias para la reparación de aeronaves, únicas en Sudamérica, vendidas o robadas. La supremacía del aire que tuvo en algún momento Argentina en la región no existe más desde los años 90. De los 8 aviones Super Etendart que había solo quedan dos y uno de ellos camino a ser canibalizado para arreglar el otro. No hay poder de fuego ni capacidad de volar, mientras los países de la región se arman con F-16 (como mínimo) o con aviones rusos de última generación.

Los regimientos se han achicado, las fronteras están despejadas, no existe control aéreo ni terrestre y así podemos seguir enumerando la destrucción de un aparato militar y de seguridad que necesitaba un cambio urgente, una transformación inmediata, pero de ninguna manera la anulación de sus capacidades operativas.

¿Reconocer esto es ser militarista?, no; significa pensar con objetividad sobre un hecho que es natural en el ser humano: nadie respeta al que no se respeta a si mismo y se hace respetar. La premisa “progresista” de que no deben existir hipótesis de conflicto, es un discurso falaz sobre el que se cimienta precisamente esto, la destrucción de las instituciones armadas y se despoja al país de todo tipo de respuesta ante un ataque exterior, que no suele ser armado –al menos en la primera instancia – pero con el tiempo puede avanzar sobre nuestras propias pertenencias, aquellas que hasta hace un minuto considerábamos intocables y nosotros estaremos desnudos, sin capacidad de respuesta.

Todos los países del mundo que pretenden limitar o desalentar los ataques de otros países, han desarrollado un poder de fuego disuasivo suficiente y necesario como para poner límites de resguardo a la prepotencia y ambición de otros y de ninguna manera se los puede catalogar como países belicistas.

Nadie habla de hacer una guerra, se trata de defender la casa de uno. Hoy por hoy la Argentina no puede hacer ni lo uno ni lo otro. No puede pensar en una acción disuasoria porque no tiene capacidad y no se puede hacer respetar porque carece de medios para plantear una posición de fuerza. Solo le queda el campo de la diplomacia en el cual hace mucho tiempo, también perdió.

Un consejo a la clase política argentina (la que pasó, la que está y la por venir), hay un libro que se llama “El arte de la guerra” escrito por un viejo general chino hace más de 500 años de nombre Sun Tzu. Léanlo, no les ayudará a aprender como pelear una guerra ni a llevarla a cabo, les enseñará los caminos para evitarla y a resolver las estrategias políticas que de puro ignorantes, nos arrastran a estas situaciones como las que vivimos hoy con Gran Bretaña, que nos quita el petróleo a pocas cuadras de nuestra casa. (R. Lasagno/Agencia OPI Santa Cruz)

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