Publicado en memoria de mi amigo Jorge Pablo Domingo Outeda, quien me precedió, quien me mostró con su ejemplo que otra filosofía de vida es posible.

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El día que todos ganaron en un simple partido de fútbol.

En una cena de camaradería, en el Club CILSA de la ciudad de Santa Fe, que aglutina especialmente a amigos y familiares de niños con capacidades especiales, el padre de uno de estos chicos, pronunció un discurso que nunca será olvidado por las personas que lo escucharon.

Después de felicitar y exaltar a la institución y a todos los que trabajan por y para ella, ese padre, hizo el siguiente razonamiento:

“Cuando no hay agentes externos que interfieran con la naturaleza, el orden natural de las cosas alcanza la perfección.

Pero mi hijo, no puede aprender como otros chicos lo hacen.

No puede entender las cosas como otros chicos.

¿Donde está el orden natural de las cosas en mi hijo?”

La audiencia quedó impactada por la pregunta.

El padre del niño continuó, diciendo:
– “Yo creo que cuando un niño como Facundo, física y mentalmente discapacitado vino al mundo, una oportunidad de ver la verdadera naturaleza humana se presentó, y se manifiesta en la forma en la que las otras personas tratan a ese niño”.

Entonces contó que un día caminaba con su hijo, por la vereda de un pequeño club de barrio, donde tras un alambrado, algunos chicos jugaban al fútbol.

Facundo le preguntó a su padre: “¿Creés que me dejarían jugar?”
Su padre sabía que a la mayoría de los muchachitos nos les gustaría que alguien como Facundo jugara en su equipo, pero también entendió que si le permitían jugar a su hijo, le darían un sentido de pertenencia muy necesario para él y la confianza de ser aceptado por otros a pesar de sus “habilidades especiales”.

Ingresaron al campo por una abertura mediana del alambrado, que en otro tiempo había poseído una pequeño portón de chapa.

En el transcurso del juego, se acercó al sitio donde ellos estaban parados, el chico que tenía la raída cinta de capitán de uno de los equipos que estaban jugando, en su brazo izquierdo y le preguntó (sin esperar mucho) si: “Facundo, ¿podría jugar…?”

El chico miró alrededor, como buscando alguien que lo aconsejara y dijo:
– Estamos perdiendo por dos a uno… Y al partido le quedan unos quince minutos… supongo que puede unirse a nuestro grupo de suplentes y trataremos de que entre un rato antes del final.

Facundo se desplazó con dificultad hasta “el banco de suplentes” y con una amplia sonrisa, se puso una camiseta del equipo, traspirada y abandonada en el suelo por un jugador reemplazado que, fuera de la cancha, se encontraba absorto frotándose un tobillo hinchado.

Mientras Facundo se sentaba entre el grupo de los que esperaban su posibilidad de jugar, su padre lo contemplaba. Los otros chicos notaron algo muy evidente: la felicidad del padre cuando su hijo era aceptado.

Cuando faltaban cinco minutos para terminar el partido, el “equipo de Facundo” logró empatar el encuentro, con un verdadero “cañonazo” increíble, desde la mitad de la cancha, que sorprendió al encandilado arquero, al venir la pelota desde el lado del sol, que caía con la tarde…

Quedaban algunos instantes cuando ocurrió otro hecho notable: una mala entrega de un defensor adversario, permitió al centrodelantero “del equipo de Facundo” hacerse de la pelota en el área y cuando se aprestaba a definir con todas las posibilidades, el defensor, ofuscado por su desafortunada jugada anterior lo “barrió” desde atrás, pitando el árbitro sin titubear: ¡penal!.

¡Penal sobre la hora…!

En medio de los acalorados festejos del equipo, por la incomparable
oportunidad de ganar y “¡sobre la hora!” al tradicional oponente, se vio que el centro delantero, encargado principal de patear los penales, apenas podía ponerse en pie por el fuerte golpe recibido.

Fue allí que el muchachito con la cinta desdibujada de Capitán del equipo, convocó al grupo de jugadores que deliberaba sobre quién patearía esa pena máxima y les indicó a todos, a voz en cuello y señalando a Facundo:

– “¡Tenemos entre los suplentes, al mejor pateador de penales del equipo! ¡Nos queda un cambio!. Y dirigiéndose al árbitro le indicó:

-¡Yo salgo! ¡Él entra a patear el penal!

El referí aceptó la propuesta, mientras autorizaba el relevo de los
jugadores, en medio de la sorpresa del resto del equipo del Capitán, que se dirigía hacia Facundo, sentado aturdido en el borde del campo.

Llegó a su lado, le dio la mano y… de un tirón, lo puso de pie, le dio
un ligero abrazo y cuando se alejaba despreocupado, giró y le gritó: -¡Suerte!…

Facundo, obviamente extasiado sólo por estar en el juego y en el campo, sonreía de oreja a oreja mientras su padre lo animaba desde un poco más lejos, mientras en su cabeza un torbellino de preguntas se sucedían sin control: “con esta oportunidad, ¿le dejaban patear y renunciar a la posibilidad de ganar el partido?”

Sorprendentemente, Facundo ingresó a la cancha. Sus dificultosos pasitos y su desmañada figura, indicaron a todos los jugadores del campo, que un certero disparo por parte de Facundo era imposible.

Así hubiera sido un teórico experto en fútbol, todos se dieron cuenta de que no podría, quizás, hacer llegar la pelota al arco.

Sin embargo, mientras se paraba muy serio delante de la pelota ubicada en el círculo, a doce pasos del arquero oponente, el padre de Facundo tuvo la fuerte sensación de que quizás…, el otro equipo…, estuviera dispuesto a perder…, ¡para permitirle a su hijo tener un gran momento en su vida!

Facundo se movió unos pasos al frente y golpeó la pelota muy suavemente. El arquero del equipo contrario, que notó obviamente la dirección que llevaba el balón, se arrojó hacia ese costado…, ¡pero como para “sacarla” desde el ángulo superior del arco…! … mientras la pelota, ingresaba… apenas rodando bajo su cuerpo… ¡y trasponía la línea del gol!

El árbitro convalidó el tanto y pitó dando por terminado el partido…
Facundo, con sus brazos en alto, rebosando felicidad, giró la cabeza mirando a su padre… mientras (cosa extraña) los jugadores de ambos equipos lo vitoreaban y abrazaban como el héroe que convirtió el gol que dio a su país el campeonato mundial de fútbol…

“Ese día”, dijo el padre, “los chicos de los dos equipos, ayudaron,
dándole a este mundo un trozo de verdadero, cálido y prístino, amor humano”.

Facundo no sobrevivió otro verano.

Murió ese invierno…, sin olvidar nunca haber sido el héroe… y haber
hecho a su padre muy feliz…, haber llegado a casa… y ver a su madre llorando de felicidad y ¡abrazando a su héroe del día…!

PEQUEÑA NOTA PARA ESTE MENSAJE:
Mandamos hasta bromas por correo electrónico, sin pensarlo dos veces. Pero cuando nos llega un mensaje como éste, sobre opciones de la vida, se duda… tal vez considerando si reenviar mensajes así… quizás se piense que los contactos propios no son los “apropiados” para este tipo de mensajes. Quien te lo envía, supone que juntos pueden hacer la diferencia…

Nosotros tenemos miles de oportunidades cada día para ayudar a que se realice “el orden natural de las cosas…” ¿Las aprovechamos…?

Un sabio dijo una vez que: “Toda sociedad será juzgada, por como trata a los menos afortunados…”

Atentamente,
Maria Emilia Carabelli

para todos nuestros contactos

Difusión de Prensa FILATINA.

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Una respuesta to “Publicado en memoria de mi amigo Jorge Pablo Domingo Outeda, quien me precedió, quien me mostró con su ejemplo que otra filosofía de vida es posible.”

  1. Sergio Says:

    ¿alguien sabría darme datos sobre la carrera deportiva de Jorge Outeda? Desde ya, muchas gracias.

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