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Revisando paradigmas

Sábado, agosto 26, 2006

EL MEDIO AMBIENTE
Por Javier Zorrilla Eguren, Antropólogo

Si se definiera el ambiente como lo físico natural, se estudiaría cómo están el suelo, el agua, el aire, las plantas, los animales. También nos ocuparíamos de los ecosistemas que tales elementos conforman.

Si ampliáramos el concepto a la realidad artificialmente construida, entonces se atendería, además, a los campos cultivados, los canales de irrigación, las ciudades. Resulta extraño, sin embargo, no incluir en la definición a los grupos sociales, los que no son un elemento más del ambiente, sino la razón misma de sus transformaciones: las especies depredadas o conservadas, los campos cultivados o arrasados, los canales de irrigación construidos o destruidos, las ciudades levantadas o demolidas, existieron primero en la mente de aquellos que los miraron de acuerdo a su particular intención.

Es importante incluir en el enfoque ambiental la visión del mundo (actitudes, percepciones, ideologías, lenguajes y acciones) que los distintos estratos sociales y grupos de poder usan para relacionarse (constructiva o destructivamente) con el medio ambiente.

En el hilo de este razonamiento, parece recomendable que en el concepto de medio ambiente se tome en cuenta el punto de vista como determinante de la definición: el pescador, el bañista, el pintor, el alcalde y el empresario ven el mismo mar, pero no lo miran ni lo perciben de la misma manera, con la misma intención y para el mismo fin.

Con la noción de punto de vista, es muy importante también incluir la noción de proceso. El ambiente no es un espacio fosilizado, ocupado siempre por los mismos objetos. Por el contrario, es tiempo, cambio y movimiento. Existe y opera el supuesto de que el medio ambiente, entendido como “orden natural”, gozaría de un equilibrio perfecto que el hombre habría destruido con su intervención. La creencia de que la naturaleza es buena y perfecta en sí misma y el hombre malo por naturaleza – algo así como el aguafiestas de la creación – no ayuda a comprender bien el concepto del medioambiente.

La experiencia muestra más bien que si bien la naturaleza ha ofrecido sus frutos, lagos y mares, también ha producido terremotos, plagas y virus. Visto en estática un ecosistema puede mostrar equilibrio relativo, pero visto en dinámica y en proceso revela desestabilizaciones, crisis de transformación y reacomodaciones, hasta que un nuevo patrón de orden -siempre relativo- logra absorber el desorden o conflicto existente.

Desde la perspectiva de una ecología que elige como referencias epistemológicas la evolución, la adaptación creciente, la temporalidad histórica, la intencionalidad y la estructuralidad de la relación conciencia-mundo, es el ambiente social el que incluye al ambiente natural, convirtiéndolo en un paisaje permanentemente interpretado y transformado por la conciencia individual y colectiva.

Y si se va más allá aun, ateniéndonos a los datos de la antropología filosófica, se descubrirá que el hombre no vive en un supuesto ambiente externo y neutral, sino que vive en un mundo estructurado íntegramente sobre la base de la memoria y la imaginación. Este es el paisaje interno, en el que el mundo (incluyendo al ambiente) aparece representado en una original configuración de imágenes, conceptos y creencias cuyo contenido se muestra en los mitos, cuentos y leyendas; en la magia, el arte, la ciencia, la filosofía y la religión.

Desde este paisaje interior la conciencia humana estructura la realidad, transformándola a su imagen y semejanza. Difícilmente se encontrará una gran realización social que no haya sido prefigurada por una utopía, ese gran sueño colectivo que impone su misión a las civilizaciones y los pueblos. Aquí yace buena parte de la vitalidad creadora, de la energía, de la salud general y la felicidad.

Pero hay que advertir que no todo sueño o mito favorece, necesariamente, al desarrollo de la vida.

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