Mientras hacían obras para ampliar su vivienda, los Carrazana Paredes hallaron 14 estructuras funerarias y un entierro directo. Todo el grupo familiar, incluido Benjamín, un nene de 5 años, colaboró con la excavación.
El llamado telefónico que recibió la arqueóloga Solange Fernández Do Rio –doctora en Arqueología de Universidad de Buenos Aires y becaria Pos Doctoral CONICET con lugar de trabajo en el Instituto Interdisciplinario de Tilcara, Facultad de Filosofía y Letras de la UBA– no hacía imaginar un rescate arqueológico tan importante. La familia Carrazana Paredes le comunicaba que en el patio de su casa había encontrado una serie de ollas, cuando realizaba excavaciones para ampliar su vivienda.
Durante los meses de agosto y septiembre, ocho horas por día, la arqueóloga y varios miembros de esa familia –incluido el pequeño Benjamin, de sólo 5 años– trabajaron afanosamente en las tareas de rescate del sitio ubicado en Tilcara, a 2700 metros sobre el nivel del mar, en plena Quebrada de Humahuaca, designada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Dentro de la superficie excavada se descubrieron un total de 15 contextos mortuorios –14 en estructuras funerarias y un entierro directo– que rodeaban a ocho grandes ollas cerámicas. “Entre el acompañamiento funerario se destacan una vincha y colgante de oro, siete collares de piedras de carbonato de cobre y lapislázulis, un collar de valvas, una pequeña taza cerámica, una olla con asas laterales, un vaso de roca arenisca amarillenta y más de 30 puntas de flecha de obsidiana”, relata con sumo detalle la arqueóloga, en diálogo con la Agencia CTyS.
Las ocho grandes ollas, de 80 centímetros de ancho y 110 centímetros de alto, habrían servido de reservorios de alimentos e instrumentos, según demostró el vaciado parcial de su contenido que arrojó huesos de animales, restos de vasijas e instrumentos de molienda.
El hallazgo arqueológico se encuentra parcialmente rodeado por un muro de pirca simple en su lado este. Los investigadores tomaron muestras de sedimentos de diferentes contextos para ser analizadas, como el de todas las vasijas, los contextos funerarios y un fogón.
Para la experta, las características de estos hallazgos, a pesar de no contar aún con fechados radiocarbónicos, permiten inferir que se trata de una ocupación vinculada al período Formativo Final, de aproximadamente 700/900 años DC. Esta deducción no sólo se basa en las características de algunos materiales encontrados como el estilo cerámico, la forma de los objetos líticos, la técnica constructiva de los muros y tumbas, sino también por el lugar en que se emplaza el contexto, donde ya se realizaron otros rescates pertenecientes al mencionado período.
La ocupación humana en la Quebrada de Humahuaca. Las primeras evidencias de ocupación humana en la quebrada pertenecen al llamado período Formativo en la terminología arqueológica tradicional, caracterizado por una economía agrícolo-ganadera, sedentarismo, la presencia de sistemas de intercambio con otras eco-zonas y, algún tipo de organización social jerárquica, según la arqueóloga.
“Sólo unos pocos sitios arqueológicos de este período han sido investigados en la región”, precisó. Se trataría de aldeas dispersas constituidas por un grupo de estructuras domésticas asociadas a campos de cultivo y corrales, cuyo asentamiento más extenso conocido se localiza al este y norte de la ciudad de Tilcara.
Debido a la falta de tiempo, la escasa superficie excavada y pocos recursos financieros, entre otras causas, hasta ahora sólo habían sido descubiertas unas pocas estructuras, como hallazgos aislados de tumbas y ollas cerámicas.
La doctora Solange Fernández Do Rio considera la práctica arqueológica en su totalidad, es decir, “como práctica presente y discurso sobre el pasado”, y actúa en consecuencia con esa filosofía de trabajo. Por esta razón, de su relato se desprende la importancia que le otorga, tanto a las tareas de rescate como a los compromisos personales asumidos.
Una familia comprometida. “Al comienzo de las tareas de rescate, éramos unas siete personas trabajando entre arqueólogos y miembros de la familia. Pero luego de diez días, el resto de los profesionales del Instituto Interdisciplinario de Tilcara (IIT) dejó de concurrir, quedando solamente yo y la familia”, contó.
De esta forma, quienes no eran los “expertos”, aprendieron a identificar tipos de cerámica, de materias primas líticas, de estratos, convirtiéndose en “excelentes cavadores” y demostrando “verdadera pasión” por lo que estaban haciendo, cuenta la arqueóloga.
“Trabajamos durante más de dos meses, más de ocho horas diarias, todos los días de la semana. Todos dejamos cosas por hacer, para recuperar el contexto”, dice Do Rio, orgullosa del vínculo que se creó con la comunidad de Malka, cuyos vecinos los visitaban y se acercaban para ayudar.
Al trascender la noticia del hallazgo, comenzaron a recibir las visitas de la prensa, de las escuelas locales, vecinos y turistas. Todos los materiales rescatados quedaron en guarda temporaria en el museo arqueológico de esa ciudad hasta que se inaugure la estructura de conservación en la casa.
La vivienda de la familia permaneció abierta durante los trabajos de excavación con el objeto de recibir a quien quisiera conocer el hallazgo, como pudo hacerlo la Agencia CTyS.
Las escuelas secundarias organizaron un cuestionario específico para que fuesen completados por los alumnos que visitaban el sitio.
Los niños de los jardines de infantes hacían preguntas incontestables, mientras trataban de contenerlos para que no se cayeran dentro de la excavación.
“Todos nos convertimos en expertos relatores”, recuerda con entusiasmo la doctora Fernández Do Rio.
Demás está decir que la familia Carrazana Paredes, integrada por ocho miembros que conviven en sólo dos ambientes, aún no ha podido ampliar su hogar, porque priorizó la excavación del contexto arqueológico.
